El mar avanzó sin pedir permiso y no dejó nada. Cabo Tortuga, una de las playas más frecuentadas del sur de Santa Marta, desapareció.
Donde antes había arena, carpas y turistas, hoy solo queda agua golpeando estructuras improvisadas y comerciantes esperando en vano a quien ya no llega.
El impacto no es solo ambiental. Es económico, social y profundamente humano: al menos 50 familias que vivían del turismo quedaron sin sustento en cuestión de semanas.
Todo se agravó tras el fuerte frente frío de febrero.
Desde entonces, la erosión costera se aceleró hasta borrar por completo la franja de playa. Y este puente festivo, que debía ser una oportunidad de recuperación, terminó confirmando el peor escenario: el turismo se fue con la arena.
Arriban en grupos, con niños en brazos, balones y sobre todo expectativas. Caminan unos metros, miran el panorama y se van. No hay espacio para tender una toalla. No hay playa.
“Da mucha nostalgia ver cómo desapareció esta playa que era tan acogedora. Ya no queda nada. Toca buscar otro lugar donde pasar el día”, cuenta Julio Medina, visitante de Bucaramanga, quien había estado en el lugar hace tres años.
La frustración es generalizada. Muchos viajeros que reservaron hospedajes en la zona, a través de plataformas digitales, se encontraron con una realidad que no coincide con las imágenes promocionales que aún circulan en internet y redes sociales.
ero la peor parte la viven quienes dependen de esta playa para sobrevivir.
Carperos, vendedores de comida, prestadores de servicios turísticos… todos quedaron paralizados.
“Estoy muy desesperada. Uno ha adquirido compromisos que pagar. Tenemos necesidades en la casa. Y la verdad no estamos haciendo nada diario. Así como llega la gente se va”, dice Ornidea Flórez, mientras observa cómo un grupo de turistas se retira sin siquiera preguntar precios.
Su testimonio se repite en toda la zona. Hay angustia, incertidumbre y una sensación de abandono.
“Por más que les insistimos que los atendemos bien, que los ubicamos en algún lugarcito, no aceptan. Se van. Nos duele en el alma”, agrega.
A pocos metros, don Tomás, carpero desde hace más de 30 años, enfrenta el golpe más duro de su vida laboral.
Antes tenía 20 carpas. Hoy apenas mantiene algunas, rodeadas de agua, inútiles.
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